El 1 de octubre en las escuelas: una buena oportunidad para educar en la democracia

Dr. Francesc Riera i Piferrer

Profesor del Área de Didáctica de las Ciencias Sociales

Blanquerna – URL

Llegan las merecidas vacaciones de verano, esta vez después de un curso excepcional por las circunstancias políticas que ha vivido y vive aún nuestro país. Las clases empezaron en medio de un septiembre atípico, con movilizaciones espontaneas el miércoles 20 de septiembre, en diferentes puntos de Barcelona, y pendientes del referéndum tanto tiempo anunciado, para la jornada histórica del día 1 de octubre. Como todo el mundo sabe, lo que pasó aquel fin de semana y especialmente durante el día de la votación, fue vivido con intensas y contrapuestas emociones por buena parte de la población, también por muchos niños y jóvenes, por muchos maestros y profesores.

(1)     Detalle de una foto de la exposición Mataró Dempeus.  Recull d’imatges per no oblidar.

Al día siguiente, lunes, muchos de estos niños y jóvenes volvieron a las escuelas e institutos, con el vivo recuerdo de lo que habían vivido horas antes en los centros de votación (en algunos casos, su misma escuela) o de lo que habían visto por la televisión, especialmente sobre las imágenes de las cargas policiales contra las personas que querían votar y protegían las urnas. Aquellos hechos, desde nuestra concepción de educación y de educar en la democracia, no podían quedar silenciados como si nada hubiera pasado. En algunos centros, los destrozos materiales en las puertas de entrada eren el rastro visible de unos enfrentamientos sobre los cuáles era necesario que los alumnos dispusieran como mínimo de un espacio de tiempo, para compartir y expresar juntos, lo que sabían sobre lo que había sucedido.

Pocos días después, los medios de comunicación centraron su atención en dos centros, (en la Seu d’Urgell y en Sant Andreu de la Barca), con la presentación de unas denuncias contra algunos docentes, con acusaciones de incitación al odio y de adoctrinamiento. Seguramente las denuncias consiguieron parte del efecto que buscaban, atemorizar a los docentes para que no trabajasen ni siquiera hablasen con sus alumnos, no sólo de lo que pasó aquel 1 de octubre sino de nada que estuviese relacionado con la excepcional situación política de nuestro país. Pretendían y pretenden silenciarla totalmente.

Algunos políticos afirmaron que se adoctrinaba en la mayoría de escuelas catalanas, para descalificar la tarea de sus docentes como agentes que inculcan unas ideas y valores a los alumnos, que obviamente ellos no comparten. Como expone Jaume Trilla (2018) en su artículo “L’adoctrinament, a l’ordre del dia” (2), la acusación peyorativa de adoctrinamiento se produce por un lado por la disconformidad en su contenido y por otro lado, por la forma de producirse (de manera impositiva, incuestionable, excluyente). En muchos casos, los acusadores de adoctrinamiento identifican interesadamente educar en la democracia con hacer propaganda de una determinada opción ideológica que no comparten. Cierto, educar no es nunca una acción neutra porque es un acto intencionado, que tiene siempre detrás un objetivo.

Desde nuestra concepción de educación y de cuál es la función de los docentes, como afirma Trilla, “Una escola que no vulgui posar-se d’esquena a la realitat, difícilment podia obviar…” los hechos del 1 de octubre. Si en la escuela los niños y niñas empiezan a descubrir las causas y las consecuencias de los grandes retos de la humanidad (el cambio climático, las migraciones, las desigualdades…), ¿cómo podían ignorar lo que acababa de pasar pocas horas antes, no a 1.000 o 10.000 quilómetros sino en su propio barrio o pueblo? ¿Cómo se podía pretender no hablar de ello, ahora que cada vez se valora más la importancia de la educación emocional en los aprendizajes? Muchos alumnos vieron la tensión que habían vivido sus propios padres, familiares, amigos, vecinos. Esto también les había afectado a ellos, ¿cómo ignorarlo?

Por lo tanto, como me preguntaban en clase al día siguiente mis propios estudiantes de 3r curso (futuros maestros de primaria), ¿cómo se debían tratar aquellos hechos?  Esta era la cuestión por parte de los que tenían claro que no hacer nada, no era la opción correcta. Como afirma Jordi Martí (2018) en su artículo “Docència: una professió de risc” (3) ““reclamar “apoliticisme”, “neutralitat”, “objectivitat” a l’escola és absurd, i a més, impossible”. El docente, a través de lo que hace y dice, pero también de lo que no hace y no dice, siempre está tomando decisiones, que se le deben exigir que sean honestas y responsables. Por lo tanto, era necesario aprovechar aquellos hechos como una oportunidad de aprendizaje, teniendo en cuenta siempre todas las variables que intervienen en cada caso (edades, contextos…). Desde una concepción crítica de la enseñanza y el aprendizaje de las ciencias sociales, tal como afirman Laura Pagès y Joan Pagès (2018) (4), el trabajo del pensamiento crítico de los alumnos es un medio para la educación democrática de la ciudadanía del siglo XXI. Según Paulo Freire, esto implica que las niñas y niños empiecen desde edades tempranas a trabajar una conciencia ciudadana crítica, a saber cómo son las cosas y por qué son como son, a saber que podrían ser diferentes y que deberíamos hacer las personas para cambiar aquello que no funciona y mantener lo que funciona bien, para profundizar en los valores de la convivencia democrática y de los derechos humanos.

Es importante desmentir dos afirmaciones: que en la mayoría de las escuelas de Catalunya no se trataron los hechos ocurridos el 1 de octubre y que en los pocos casos que se hizo, hubo problemas de convivencia en sus centros. El informe del Síndic de Greuges sobre los hechos del 1 de octubre en las escuelas (5), concluye que sólo se produjeron una decena de irregularidades en los 4.800 centros de primaria y secundaria. Y sostiene que se garantiza el respeto al pluralismo, sin adoctrinamiento, pero recomienda al Departament d’Ensenyament que faciliten instrucciones a los docentes “sobre el tratamiento de la situación política y materiales didácticos sobre cómo abordar temas polémicos en las aulas”.

En este sentido, para las facultades de educación donde formamos a las nuevas maestras, también es importante dar a conocer el ejemplo de los centros que supieron aprovechar aquellos hechos como una buena oportunidad de aprendizaje, para educar en los valores de la democracia. Es decir, en trabajar las capacidades de las personas que hacen posible vivir en democracia: expresar libremente qué sabemos y cómo lo sabemos, qué pensamos y por qué pensamos así; saber escuchar a los demás, compartiendo visiones diferentes de los hechos; comprender las razones y sentimientos de los que piensan diferente de mi; argumentar bien las propias opiniones; analizar críticamente la objetividad de la información que nos llega; alcanzar acuerdos sobre la mejor manera de resolver los conflictos… Todo esto es lo que hicieron también muchas escuelas e institutos, con discreción, lejos del ruido mediático. Con diálogo siempre respetuoso y no siempre fácil, entre los equipos docentes, las direcciones de los centros y las familias. Son para nosotros buenos ejemplos, que nos servirán de referencia en próximas ocasiones.

Referencias