La escuela inclusiva, un proceso en marcha

El proceso que se inició hace unos años orientado a lograr una escuela inclusiva es hoy, en nuestra sociedad, sólido e imparable. La Convención de las Naciones Unidas lo ha ratificado y muchos países, entre los que se halla el nuestro, se han comprometido con esta finalidad. Ello no significa que se trate de un proceso fácil, ni tampoco que, de manera inmediata, todas las escuelas se impliquen al mismo tiempo en el cambio necesario para potenciar en sus centros los planteamientos del modelo inclusivo. No obstante, está claro que se ha entendido que para avanzar hacia la inclusión debe emprenderse un camino con firmeza y decisión, y que ya no es posible andarse con medias tintas, dudando o sin tener claro el objetivo.

El tiempo para el debate sobre la bondad y la conveniencia de una escuela para todos ha pasado, ara estamos en el tiempo de construir con decisión, firmeza y responsabilidad compartida. Para seguir este camino con éxito es imprescindible entender que trabajar en pos de una escuela cada vez más inclusiva comporta un compromiso de toda la sociedad, pero especialmente de todos aquellos que están más directamente vinculados a los centros educativos: alumnos, docentes, equipo directivo, familias, administración, inspección, servicios educativos,… En las escuelas, debe tenerse claro que el camino hacia la inclusión no es un proyecto de unos cuantos, si no que se hace imprescindible crear redes cooperativas para poder aprovechar la riqueza de las sinergias que surgen de los equipos.

Por otro lado, conviene asegurarse de que se comparten significados sobre el concepto de inclusión y su práctica para evitar que se desperdicien esfuerzos y que proyectos iniciados con ilusión acaben en un sentimiento de fracaso. La inclusión tiene que ver con la educación de todos los alumnos por muy diversos que sean. La clave de la inclusión es que los alumnos puedan aprender entre ellos y de ellos mismos. Cada alumno tiene el derecho de poder aprender en el aula con todos sus compañeros y de ellos mismos. A la vez ha de poder aprender de la manera que le sea más gratificante y que le permita avanzar con el menor riesgo de fracaso posible. La finalidad de la escuela inclusiva es favorecer el éxito educativo de cada uno de sus alumnos. Nadie queda al margen de esta prioridad. Para hacerlo posible, conviene que los equipos de las escuelas tengan una mirada reflexiva hacia la cultura inclusiva, las políticas y las practicas que se desarrollan en el propio centro para analizarlas y mejorarlas de acuerdo con la propia realidad. Se trata de un proceso compartido de reflexión-acción constante que asegure el trayecto de cada escuela hacia la inclusión.

Atender esta diversidad en el aula requiere un modelo de escuela que trabaje estrechamente en red y que aproveche todos los apoyos que tiene a su alcance. Entre ellos, es importante incorporar en las aulas las aportaciones de la tecnología digital, que ha permitido eliminar muchas barreras para el aprendizaje y hacerlo más accesible. Accesibilidad a la que también contribuye la aplicación del Diseño Universal para el Aprendizaje (DUA), dado que contempla las diferentes preferencias y la manera que tiene el alumnado de acceder, de procesar y de vincularse con el aprendizaje.

La formación del profesorado es importante para construir el propio perfil profesional y para entender su rol en este marco de trabajo cooperativo. Esta formación debe dotar al profesorado de las bases y de las estrategias que le capacite para implicarse en el proceso de potenciar escuelas que sean realmente inclusivas. En este sentido, todos los profesionales deben tener una formación y unos valores inclusivos, sean profesionales especializados o no. Ambos profesionales son imprescindibles para la atención de la diversidad en el aula. Pero priorizar el conocimiento especializado puede provocar que el profesorado no especializado no se sienta suficientemente competente para atender las características del grupo y se inhiba, dejando en muchas ocasiones el protagonismo a los especialistas. Estos son muy importantes, pero su función es acompañar al profesorado, nunca substituirlo. Son profesionales que, desde el conocimiento y como expertos, contribuyen básicamente a generar un sentimiento de competencia al profesorado para ayudarles a descubrir las propias fortalezas como docentes y, a la vez, desvelar su curiosidad para conocer, de primera mano, las características de todo el alumnado de su aula.

Estamos pues, en el momento de construir: tenemos claro el proyecto, los profesionales, los conocimientos, los apoyos y los andamiajes; el material es de primera calidad pero altamente sensible. Es una construcción que se basa en la ética y la responsabilidad de toda la comunidad educativa, de toda la sociedad. No podemos oponer resistencia.

Área de Psicología

Mayo de 2014