La organización del tiempo y el espacio en Oriente y en Occidente

La organización del tiempo y el espacio en Oriente y en Occidente

Pf. Àngel Jesús Navarro Guareño

 

Comprender el cristianismo es esencial para entender nuestra cultural actual, ya que ésta está impregnada de elementos cristianos que le son propios. Pero el cristianismo no surgió sin más de la nada. En su configuración existieron elementos y culturas diversas que convergieron. Sus raíces parten de Israel y el judaísmo, que es de donde arranca toda su tradición religiosa. Pero la simbología religiosa del cristianismo pasó también por el filtro cultural primero de Grecia y después de Roma, y ​​emprendió un camino desde el oriente al occidente del Mediterráneo, tal como lo hace cada día el camino del sol.

En este camino muchas cosas cambiaron, se transformaron, evolucionaron …. El cristianismo es, pues, síntesis y resultado de todas ellas, pero no es ninguna de ellas. Contiene elementos de todas y se identifica en todas, pero a la vez también se distingue y se diferencia de todas ellas. ¡Veámoslo!

 

– De Oriente a Occidente

Este camino de oriente a occidente que emprendió el cristianismo modeló una manera propia de leer e interpretar el mundo, pero que a la vez mantenía, al menos en parte, la perspectiva cultural de las sociedades y grupos humanos que la configuraron ya desde sus inicios. Dos serán las fuentes principales: Israel y Roma, o si lo preferimos, oriente y occidente. Aunque no podemos olvidar a Grecia, que será puente entre ambas cosmovisiones culturales; aunque la cultura helénica ya se asentaba más en la perspectiva de occidente, no dejaba de tener también muchas características propias de la perspectiva oriental.

 

– El oriente y el cielo, la admiración del tiempo

Israel representa la visión oriental de la vida y de las cosas. Israel se configuró a partir de una perspectiva más imbuida de dinamys, del tiempo,  o sea del lado subjetivo y anímico del ser humano, y de una simbología mucho más sutil y cercana al sentido último del sujeto. Roma, por el contrario, lo hizo a través de una visión de la vida mucho más pragmática, imbuida de fisys, del lado objetivo y material de la vida humana, con una visión más cercana al sentido inmediato y material del ser humano.

Por decirlo así, a las culturas orientales les movía más la interpretación del tiempo, de su sentido y de su paso. Eran culturas donde el peso de la religión provenía de esta búsqueda de la superación del tiempo y de la fragilidad del ser humano ante él. Unas culturas más dedicadas a mirar el cielo, donde buscaban la respuesta a este tiempo efímero humano, que no dedicadas a la inmediatez de las cosas materiales y de las necesidades que éstas conllevan; aunque, evidentemente, no podían prescindir de él porque debían sobrevivir.

Por todos es conocida la obsesión de los egipcios por la vida tras la muerte y el elaboradísimo simbolismo de sus enterramientos y momificaciones, que tomaron en las pirámides dimensiones monumentales. Eran maestros en la medida del tiempo, en la comprensión de las crecidas del Nilo durante las estaciones, porque de ellas dependía su supervivencia.

Pero también podríamos decir lo mismo de los babilonios que estaban sometidos a un régimen similar al egipcio. Les era imprescindible calcular cuándo vendrían las épocas de crecida y prevenir así campos, cultivos y trabajos …

Las tierras del oriente fértil (Mesopotamia y Egipto) eran muy ricas y productivas, pero dependían de los ciclos anuales de crecida de sus ríos. Tierras fértiles que proporcionaban buenas cosechas y que engendraron las primeras civilizaciones en esta parte de nuestro mundo, y luego grandes imperios. En ellos, sin embargo, la medida del tiempo resultaba una constante, una necesidad, y quizás incluso, una vocación.

Pero ¿cómo se podía medir el tiempo ?, ¿cómo guiarse al hacerlo? La evidencia más inmediata que el hombre tiene del tiempo es el paso del día a la noche, y el paso de los días entre sí … Estos nos marcan un ritmo, una cadencia, un orden … Y la evidencia más cercana a este orden era la luz: la luz del día con el sol, y la que podían observar por la noche con la luna y las estrellas. Si había algún orden en el tiempo, éste, sin duda, debería estar significado en el cielo. Era necesario, pues, indagar el cielo para poder descifrar también el tiempo, y descubrir en el cielo este orden, este symbol·los que hiciera comprensible y previsible nuestro mundo en orden a poder medir, comprender y leer el tiempo.

El Sol mediterráneo ya ofrecía con su observación cambios significativos: en verano estaba mucho más alto y calentaba más, y en invierno estaba, en cambio, mucho más bajo e irradiaba menos calor. Pero sus cambios eran tan sutiles, se producían tanto poco a poco, que sólo ayudaban para señalar, por un lado las estaciones y los años, y por otro el tiempo de luz del día respecto del de su ausencia, la noche; pero era necesario poder parcelar estos periodos en lo que serían horas, para el día, y meses, para el año, para poder ordenar mejor estas cadencias.

La otra observación simple y evidente sería la que ofrecía la Luna. Por la noche, la Luna, aunque con unos caminos aparentemente caóticos en la bóveda celestial, ofrecía una cadencia constante: se llenaba de luz y se vaciaba de ella regularmente; y ofrecía así un patrón de medida. La relación entre estos ciclos de la luna y las salidas y ocasos del sol, sería, pues, el patrón más evidente de medida del tiempo.

Los mesopotamios ya descubrieron que en un año (el tiempo que tardaba el sol en decaer en el cielo y volver a su punto más álgido) se producían doce fases lunares completas. La relación, pues, entre el sol y la luna era el número doce, y consagraron éste como número simbólico. Así, cada mes sería una fase lunar completa (midieron incluso esta cadencia en 29 días y medio, o sea unos 30 días), y doce meses compondrían un año.

El mes, en cambio, vendría dividido por las fases evidentes del periplo lunar, que son cuatro (las semanas de un mes), y donde cada una tiene aproximadamente siete días, que formarían así una semana. Y el número siete tendría también su simbolismo sagrado.

El doce, por su parte y de nuevo, serviría también para distribuir el día y la noche cada uno con doce horas, que evidentemente eran más largas en verano y más breves en invierno, pero que ayudaban a medir el tiempo a diario. Esto bastaba en aquellas épocas para ordenar el tiempo; los minutos serían una invención muy posterior, cuando la apreciación del tiempo empezó a ser más urgente. Pero aún así conservó en parte el patrón básico porque los sesenta minutos que componen una hora mantienen también un patrón basado en la duodecena (sesenta = cinco veces doce).

Israel se impregnaría de esta tradición en la que el tiempo y la dinamys determinaban la perspectiva de todas las cosas, y lo llegará a hacer de manera absoluta. De hecho, el mismo Israel es doce: las doces tribus que formaban el mítico pueblo hebreo y que tenían su símbolo más evidente en el pectoral de doce piedras preciosas que lucía el Sumo Sacerdote, la máxima autoridad simbólica de la religión hebrea, en las grandes fiestas y eventos. El doce, pues, simbolizaba al propio Israel. Israel es tiempo, es pretensión de eternidad.

Y aún podemos observarlo también en su apreciación de la dinamys. Porque si la dinamys representaba también al sujeto, a lo espiritual del ser humano,… la radical aceptación de este «espíritu» provocaría en el pueblo israelita la concepción de una divinidad única e inmaterial (que no puede medirse y no puede representarse, ni hacerse física), ajena a cualquier materialidad, y alejada de toda forma, de todo espacio.

El pueblo israelita, pues, descansaba en una concepción eminentemente dinámica de la realidad, con una idea clave y vertebradora: un Dios único e inmaterial, que daba sentido a todo. Y con una concepción dinámica de sí mismo como pueblo, expresada por el número que simbolizaba el tiempo: el doce.

 

– El occidente y la tierra, la admiración del espacio

Roma, en cambio, era otra cosa. La visión latina de la realidad difería mucho. La mentalidad romana, y por extensión la occidental, era mucho más pragmática. Daba mucha más importancia a la materialidad, a la perspectiva física del mundo, y a la medida del espacio, de todo aquello objetivo.

Roma, para su supervivencia, no necesitaba de crecidas de ríos ni de cadencias del tiempo. Se sometían al tiempo, evidentemente, pero no dependían de él de manera tan evidente como lo hacían las sociedades orientales. Las tierras occidentales no eran tan ricas y productivas y para obtener las mismas cantidades de excedentes necesitaban mucho más espacio. El espacio,  ese sí, se volvía el factor principal de comprensión del mundo.

Unas tierras poco productivas provocaban una necesidad mayor de espacio, pero también movían a la obtención de lo que se carecía con el comercio y el intercambio (búsqueda de nuevos espacios y productos). Aquel comercio y expansión que iniciaron fenicios, griegos y cartagineses en el Mediterráneo, lo acabarían de perfeccionar los romanos. Más espacio vital para construir un imperio que vivía de su propia expansión: el Imperio Romano.

La religión romana, heredera de la griega, era más prosaica. Su divinidad era politeísta, con una multitud de dioses y diosas que mantenían entre ellos una alambicada relación de celos, amores y odios … y que reflejaban más la naturaleza humana que no una realidad divina. Los dioses, no obstante, dado que la perspectiva cultural romana provenía de la preponderancia de la fisys, estaban ligados cada uno de ellos a una fuerza, poder o disposición de la naturaleza, del mundo o del ser humano. En este sentido la religión romana estaba mucho más ligada a la materialidad de las cosas, y se entendía también en un sentido material, de tal forma que las estatuas de los dioses eran consideradas sagradas, porque poseían la presencia de estos dioses en ellas. Una visión, ésta, muy materialista de la trascendencia.

Y no sólo era más mundana la religión, sino que también lo era el simbolismo del que partieron para hacer su medida del tiempo y del espacio. No tenemos una seguridad cierta para afirmar con exactitud de dónde provenía el sistema de medida romano, pero la teoría más difundida es que ésta fue una medida eminentemente básica y materialista.

Imaginemos a alguien que quiere empezar a contar, como por ejemplo un niño. ¿Verdad que hemos visto muchas veces a los niños usar objetos materiales para hacer unidades de medida …? Y ¿cuáles son los elementos que tenemos más a mano para poder empezar a contar? Pues sí: ¡la mano y los dedos! Efectivamente, la mayoría de los niños empiezan a contar con los dedos de las manos … Y esta es la medida natural humana más cercana y material, la decena, porque diez son los dedos de nuestras manos.

Tan sencillo como esto parecería ser el origen del sistema decimal que los romanos utilizaban. Un sistema que fueron aplicando y que sería la base de sus medidas. Un sistema que aún pervive entre nosotros. Pero un sistema que era más propio del mundo de las cosas físicas, del comercio, de las distancias, de la materialidad de las cosas.

Es cierto que en sus orígenes los romanos utilizaban medidas con el sistema métrico duodecimal que provenía de oriente, y así medían el día (12 horas de luz y 12 de oscuridad) o las distancias en pies (divididos en 12 unidades o dedos) …. Pero la plebe acabó asimilando los palmos y los pies en medidas decimales, y rechazaron su división duodecimal, ya que tanto el pie como la mano tenían diez miembros y no doce … De ahí que en las medidas el sistema latino (no sin contradicciones y excepciones) irá pasando paulatinamente de la duodecena a la decena.

En este proceso se resistió, sin embargo, la medida del tiempo …. Ésta permaneció en la perspectiva oriental. Al fin y al cabo el tiempo era algo mucho más sutil, mucho más alejado de la realidad física.

Hoy día, nuestro mundo occidental ha heredado con bastante similitud este devenir romano. Medimos el tiempo al estilo oriental, mirando el cielo y en base a un sistema duodecimal, mientras que para medir los espacios miramos nuestras propias manos, nuestro cuerpo, y lo hacemos en base a un sistema decimal.

Somos hijos, pues, de dos progenitores muy diversos: oriente y occidente, que han moldeado nuestra vida y la comprensión de todo lo que conocemos desde dos perspectivas diversas pero complementarias. Somos hijos de unas religiones que miraban al cielo y a la tierra, y que comprendían así el simbolismo del mundo desde lo más sutil y espiritual, a lo más profano y material … y ambas almas y perspectivas han arraigado en nuestro imaginario cultural. Hijos somos, pues, de Oriente y Occidente.