Ni azul ni rosa: LILA

Una vez más, estas navidades, los espacios publicitarios han quedado inundados por anuncios sexistas de juguetes infantiles: los juguetes que promueven el cuidado de los demás y las tareas del hogar, la belleza y la fragilidad se asocian a las niñas, mientras que a los niños se les atribuyen juguetes orientados al desarrollo personal en esferas muy distintas, como el deporte, la construcción y el belicismo, entre otros.

Cualquier experto en educación admitirá que el juego es una fuente primordial para el aprendizaje de los niños y las niñas, ya que, a través de este, se desarrollan y modelan sus competencias cognitivas, afectivas y sociales. El hecho de que desde edades tan precoces se oriente a los niños y a las niñas a un tipo de juego —y, por lo tanto, a un tipo de aprendizaje y construcción de su autoconcepto y de las expectativas sociales que se tienen hacia ellos y ellas— acrecienta las desigualdades basadas en su género. El género no es más que una construcción social moralmente arbitraria de cómo hombres y mujeres se tienen que comportar en función de su sexo biológico (Reilly-Cooper, 2016). Estos roles impuestos socialmente no son más que vestigios del pasado que responden a una atribución de competencias y comportamientos asignados a cada sexo que funcionaron durante mucho tiempo, pero que hoy en día se sustentan en unos valores totalmente obsoletos. Estas atribuciones deberían estar más que superadas, ya que limitan el funcionamiento global de la persona, sea hombre o mujer.

 

Imagen: Creueta119(2016)

 

Desde que los niños y las niñas llegan a este mundo, e incluso antes, cuando los padres y las madres saben el sexo del bebé a través de una ecografía, se empiezan a tomar una serie de decisiones en torno a la criatura en que se condiciona su desarrollo; decisiones como el color de las paredes de la habitación, el mobiliario y los adornos que se dispongan (mariposas y flores, o pelotas de fútbol) son el inicio de una educación en que empujamos a niñas y niños a comportarse de manera diferente.

Estas ideas preconcebidas sobre ambos sexos pueden ser más o menos inocuas o tóxicas, pero siempre tendrán un efecto en el niño y la niña. Por ejemplo, muchas veces se llega a decir, en referencia a niñas de dos o tres años, que son “rebuscadas” o “manipuladoras” a diferencia de los niños, que son “simples” y “brutos”. ¿Nadie se pregunta qué efecto tiene este pensamiento sin ningún tipo de fundamento en el desarrollo de los y de las menores? Porque, aunque a ningún adulto medianamente cuerdo se le ocurrirá decirle esto a un niño o a una niña, todo el mundo sabe que nuestros pensamientos y prejuicios condicionan nuestra conducta y, por otro lado, esas ideas preconcebidas y dañinas también se transmiten a los niños y las niñas aunque no sea mediante palabras.

A lo largo de la historia, los niños varones han recibido los estímulos y espacios necesarios para poder desarrollar aspectos de su personalidad como la extroversión, el liderazgo, la sociabilidad… que se han atribuido, de manera más o menos consciente, a conductas masculinas, como son la actividad, la fortaleza, la dominación y la agresividad. En cambio, en el caso de las niñas, todas estas mismas cualidades no han sido potenciadas, y se han fomentado otros aspectos, como la pasividad, la sumisión, la fragilidad y el cuidado de los demás. Este tipo de diferencias dan lugar a la construcción de un autoconcepto pobre en las niñas en cuanto a cualidades como la iniciativa y la brillantez, que tienen efectos a largo plazo en la vida adulta (Bian, Leslie y Cimpian, 2017). Lo mismo sucede al revés; en los niños, las capacidades tradicionalmente adjudicadas a las mujeres, como pueden ser la empatía y la gestión y expresión de emociones, no se han trabajado, lo que ha dado lugar a rasgos de personalidad que pueden convertirse en patrones desadaptativos y patología en la vida adulta de los hombres (Wong, Ho, Wang y Miller, 2017).

Esta atribución de roles tan distinta es una manifestación más de la creencia extendida de que el cerebro masculino y el femenino son muy diferentes, como se ha venido señalando históricamente. Cabe destacar que, diversas investigaciones recientes apuntan que el cerebro masculino y el femenino son mucho más parecidos de lo que señalaban estudios anteriores, y que la gran mayoría de las diferencias que existen tienen su origen en la socialización dicotómica de los niños y las niñas, y las asunciones culturales de género (Fausto-Sterling, 2012; Fine 2010; Joel et al, 2015; Jordan-Young, 2010).

Ya hace más de cuarenta años, la psicóloga Sandra Bem (1974) propuso un nuevo modelo de salud mental y eficacia personal en que todo hombre y toda mujer debería poseer a su vez características de personalidad tradicionalmente categorizadas como masculinas y femeninas, ya que, de esta manera, se ampliaría el rango de posibilidades de ambos y permitiría a la persona desarrollar al máximo todas sus potencialidades. Sin duda, este modelo resulta mucho más adecuado en una sociedad tan plural y diversa como la nuestra; desde luego lo es a nivel colectivo, porque permite crear una sociedad más igualitaria, pero también lo es a nivel individual, porque permite desarrollar al máximo las competencias y cualidades de cada persona, sin ninguna restricción ni imposición.

 

Imagen: Creueta119 (2016)

 

Si realmente queremos un mundo más equitativo, inclusivo e igualitario, dejemos de imponer unos roles que en el mundo actual no nos llevan más que a frustraciones en la infancia y a relaciones desiguales en la vida adulta. El papel de las escuelas y las familias es clave; permitamos y fomentemos que las niñas y los niños jueguen a aquello que más les satisfaga, para que se den cuenta de que son mucho más parecidos que diferentes, desarrollen todas sus potencialidades en la mayor medida posible y tengan la libertad de ser como quieran.

Dra. Berta Aznar Martínez

 

Referencias

Bian, L.,  Leslie, S. J., y Cimpian, A. (2017) Gender stereotypes about intellectual ability emerge early and influence children’s interests, Science 355(6323), 389-391.

Creueta119 (Producció) y Domingo, L. (Director). (2016). Blau Rosa. Sabadell: Creueta119.

Fausto-Sterling, A.,  Coll, C. G., y Lamarre, M. (2012). Sexing the baby: Part 1 – What do we really know about sex differentiation in the first three years of life?. Social Science & Medicine, 74(11), 1684-1692.

Fine, C. (2010). Delusions of gender: How our minds, society, and neurosexism create difference. New York, NY, US: W W Norton & Co.

Joel, D., Berman, Z., Tavor, I., Wexler, N., Gaber, O., Stein, Y., … ,  Assaf, Y. (2015). Sex beyond the genitalia: The human brain mosaic. PNAS Proceedings of the National Academy of Sciences of the United States of America, 112(50), 15468-15473.

Jordan-Young, R. M. (2010). Brain Storm: The Flaws in the Science of Sex Differences. Cambridge: Harvard University Press.

Reilly-Cooper, R. (2016). The idea that gender is a spectrum is a new gender prison. Recueprat a

https://aeon.co/essays/the-idea-that-gender-is-a-spectrum-is-a-new-gender-prison

Wong, Y. J., Ho, M.H.R., Wang, S.Y., y Miller, I. S. K. (2017). Meta-analyses of the relationship between conformity to masculine norms and mental health-related outcomes. Journal of Counselling Psychology, 64(1), 80-03.