Reflexiones sobre el arte

En este nuevo artículo de Tribuna seguimos presentando las distintas visiones sobre la inagotable cuestión: ¿qué es el arte?
En esta ocasión, es el escultor Jaime de Córdoba quien nos muestra su particular reflexión sobre el tema.

Jaime de Córdoba

Jaime de Córdoba Benedicto.
Escultor y profesor titular de la facultad de Bellas Artes de la Universitat de Barcelona.

El arte es un método o una vía de percibir el mundo de las formas exteriores y el mundo de las ideas interiores para lograr una asociación entre ambas concretada en una nueva construcción. El arte precisa de una predisposición y de una fascinación por dicha asociación. Es decir, una actitud y un interés por ese vínculo entre formas e ideas.
La construcción artística se manifiesta a través de múltiples experiencias humanas derivadas de la música, la pintura, la escultura, la danza, la literatura, la filmación y de las relaciones entre estas mismas. La pluralidad es una de las características de las artes. El arte genera objetos que, en principio, no deben su génesis a la utilidad ni a la necesidad.
En su ya clásico ensayo El arte y sus objetos, de 1968, Richard Wollheim describía la innecesaria ornamentación de algunas herramientas del Paleolítico Superior decoradas con motivos cinegéticos y abstractos. Aquellos dibujos e incisiones no mejoraban en forma alguna la eficiencia en la caza. Representaban ideas y formas extraídas del entorno visual inmediato y de la intuición creadora como impulso interior del hombre.
Desde esos primeros registros, anteriores incluso a la escritura, la evolución del arte ha sido incesante, diversa y paralela. Una especie de conocimiento en cascada que no se rige por la linealidad.
Es difícil proponer una descripción del verdadero significado de la palabra arte desde la singularidad del individuo. De hecho, es imposible, porque todo autor es heredero de muchas vías y experiencias y estas no son intransferibles. El arte del “yo” romántico es una invención histórica. La creación se nutre de referentes y fascinaciones de artistas próximos y se alea constantemente con el tiempo vivido. Al final, esta aleación solo es innovación en proporciones minúsculas.
Entonces, el arte se aprende con el estudio, la experiencia y cierta predisposición genética, sin mayor importancia que la latente en otras facetas humanas, como el deporte o las matemáticas. Crece con la actitud señalada, pero se construye con la reflexión sobre unos resultados exitosos y otros fallidos. Así, no es el nacer, sino el formarse y el pensar los que construyen al gran artista. Mirar, anotar, dibujar, redibujar, comparar, rectificar, volver a mirar, promediar…, todos estos son los verbos para conocer los métodos para generar arte.
No obstante, hoy más que nunca, delante de la socialización total y de la comunidad en línea, se torna urgente reivindicar la singularidad fundada en ese primer amor y fascinación del descubridor, del hombre primitivo. Porque la pluralidad no debiera llevarnos a la dispersión. Quien mucho abarca poco aprieta.
Así, queda en el objeto de arte una proyección de empatía proveniente de la subjetividad; brillo concedido desde la humanidad frente a la reproductividad técnica elogiada por W. Benjamin. Su descripción de la idea de triturar el “aura” del artista, si bien es cierta como pronóstico del devenir sociopolítico, no se ha cumplido en cuanto a la evolución real de las producciones humanas. Como el agua, el arte se filtra en la conciencia individual y se alea con las ideas colectivas, se transforma pero no sucumbe y renacen los individuos “ejemplares”. Es decir, hemos superado la idea del genio creador, pero no la del descubridor. El nuevo genio solo vira con otros vientos y comanda un velero cargado de influencias incontestables. Esperemos que el “arte” nos conmueva.